18 marzo, 2007

Volver...

Es domingo.

De repente, recuerdo que mañana vuelvo a transitar por los pasillos de la facultad.

De solo pensar que saldré prácticamente corriendo del trabajo para mas o menos llegar a horario (si el subte me deja) ya me agota.

Después de llegar a destino, qué? Filtrarme por toda la masa humana en el segundo piso, intentar leer la cartelera donde anotan las aulas, inspirarme y dar saltitos a ver si logro visualizar algo, resignarme, esperar, mirar, volver a transitar por el gentío amazónico, llegar al aula designada y con cara de preocupación cerciorarme de que realmente es ésta la correcta (porque la certeza de la cartelera es aleatoria) preguntándole a algún desconocido: acá se dicta tal literatura?

Como llego a las 1000 y 500 jamás me podré sentar. Esperar, parada, la llegada del profesor titular, hacer la parabólica humana en el aire tratando de anotar en un papelito arrancado de mi cuaderno mis datos y la comisión de prácticos elegida.

Una vez hecho esto, encaminarme odiséicamente hacia el escritorio de los profesores para depositar mi elección y retomar el camino de regreso al punto de partida.

Siguiente paso: intentar escuchar lo que el profesor dice sin poder hacerlo (a no ser que sea un privilegiado y haya obtenido el micrófono mediante algún tipo de amenaza de bomba o algo así), preguntarle al desconocido de mi derecha o izquierda o diagonal: que dijo? para que el pobre me mire con cara de “ni idea, yo tampoco escucho nada”.

Entonces la duda: me quedo o me voy?

No escucho demasiado así que no sé si la cátedra será de esas que leen todos los inscriptos en todas las comisiones, en cuyo caso deberé quedarme paradita estoicamente aguardando que lean mi nombre en el horario elegido.

Voy a estar cansada, voy a tener calor, es demasiado para un lunes, por dio!

Aguardaré unos instantes, tratando de entrever si leen o no, mientras que pediré a alguien de mi alrededor algún programa de la cursada para analizarlo y, seguramente, deprimirme (no, no lo compré, ni siquiera me pude ir a inscribir porque no estaba, así que ando inscripta por mme m que eligió esa materia por mi ya que las opciones que tenía no eran demasiadas y fueron cuasi arregladas de antemano al son de: y no se, fijate que hay y los horarios).

Como decía: me deprimiré porque me daré cuenta de que la materia es infinita y mis horarios reducidos, leeré títulos de los libros, de los cuales seguramente tengo leídos, uno, dos y con muchisisisima suerte, tres. A continuación, me va a entrar en pánico ya que en mi cabeza va a resonar el “no llego a leer todo” que en segundos será trasformado en “pero yo quería rendir un final en mayo! No voy a poder” y me asaltará la bronca contra la facultad, los horarios de las materias y la semilla de la macabra incertidumbre será sembrada: Y si no curso nada y me dedico a rendir finales? Nunca me funcionó, pero en una de esas….

Es domingo, recuerdo que mañana vuelvo a transitar por los pasillos de la facultad.

Y ya estoy extenuada…

4 comentarios:

gen71 dijo...

Perfectamente retratado ESO que detesto de ir a la facultad. Es muchísimo mas difícil lidiar con toda esta tediosa cotideaneidad que estudiar.
Un beso.

Jugus dijo...

Ni ganas de arrancar las cursadas, necesito mas vacaciones :(
Y odio la primera clase, justamente por todo lo que mencionaste que fielmente retratado está.

Leo2377 dijo...

Si bien al comienzo de clases es más marcado, esa es una sensación que tengo cada domingo a la noche. Saber que hay una semana entera por delante agota.
Te comprendo.

Caos dijo...

Amiga ya que estas en letra me tomo la libertad, dicho sea de paso, justificado por ser un comentador de blog ;) de trascribiste una entrevista de un poeta tucumano, de uno de los grandes. Murio ayer.
Sea este un homenaje:

Juan José Hernández

Entrevista realizada en junio de 2005, en el barrio de Recoleta, Buenos Aires.

Sobre la poesía y el cuento

"Al ser una provincia que no fomentó demasiado -como puede ser la provincia de Salta- el folclore, aspiraba a ser una provincia europea casi, Tucumán. Y con toda razón a los tucumanos nos llamaban los porteños del norte. Nos habíamos alejado de la tradición telúrica.
Pero ya puesto a elegir una carrera, el medio era muy hostil a las carreras como la de Letras, por ejemplo. Yo hice eso, iba a las clases de Literatura y a la vez estudiaba Abogacía. Por supuesto no me recibí de abogado nunca.
Te sentías muy aislado y era casi imposible lograr la publicación de un libro. Hasta que apareció en aquellos años, alrededor de los 50 y tantos, Arturo Cuadrado que dirigía una colección, Botella al mar, y que se recorría el interior para promocionar esa colección y de paso ofrecer a los poetas del interior la posibilidad de publicar sus libros en la editorial.
Las críticas que me hicieron de ése libro (’Negada permanencia…’) es que era carente de espiritualidad, que los poemas eran viscerales. Me encantó que me dijeran que eran viscerales mis poemas: yo no concibo el espíritu separado de la víscera.
Después empecé a escribir cuentos, sin dejar de escribir poesía. Pero me dio la posibilidad de resolver una serie de cosas que evidentemente en la poesía era imposible hacerlo. Personajes, anécdotas y cosas que en la poesía por lo general no van. Y así es como reuní al cabo de un tiempo, los cuentos de El inocente.
Es como si tuvieras antes una especie de visión de lo que querés hacer. Sabés que no va a ser un cuento dominado por un personaje sino por una atmósfera. Algo querés decir, y desarrollarlo no cuesta demasiado, lo que cuesta es el final. Es decir, el final está como presentido, pero a veces no seguís ese presentimiento y le das otro final, y no es ése. Es decir, no te resignás si no te gusta el final, insistís, insistís. Cuando comienza un cuento ya está dada casi el número de páginas, con la frase primera."