13 febrero, 2011

14/02

Caminando por la ciudad de Buenos Aires se descubren más casteles sobre San Valentín que sobre las murgas que están desparramadas llenando los fines de semana de bombo, patada al aire, cántico de barrio y galeras con lentejuelas.
La gente está más informada sobre que mañana es el día de los enamorados que acerca del inicio de las comparsas barriales que arrancaron el primer sábado del mes.
No voy a ser hipócrita, me gusta el festejo, pero porque me gusta el festejo en sí y punto. (siempre hay un motivo para festejar, brindar, comer, salir...)
Pero cosas como estas me dan ganas de salir con una sierra a descabezar descerebradas (y descerebrados) que se atontan con estas fechas (importadas) y no paran de fomentar el consumismo.
Y nadie piensa en el pobre desgraciado al que lo dejo la novia, ni en la pobre desquiciada al borde de la muerte que días atrás encontró a su pareja con otra. Manga de egoístas.
Qué me importan los demás si yo puedo festejar, que me importa si a la piba de la vuelta ya no la quieren más, me cago en el mundo por un osito de peluche, una sonrisa de pelotuda en la cara y una barra de chocolate derritiéndose en la mano derecha.
Y las páginas web, revistas on line ... todos hablando de la misma mierda: qué hacer en el día de los enamorados, como sorprender a tu pareja, qué regalo original podes dar, que sexo inaudito con posiciones intraestelares con forma de corazón existen para esta noche, como te podes vestir, qué perfume se recomienda, a donde ir a cenar...
El mundo se detiene y en todos lados se habla de eso. Como si realmente fuera importante.
El amor se festeja todos los días. Con tu pareja lo festejas en tu aniversario, con tus viejos un domingo comiendo asado, con tus amigos un viernes con pool y birra, lo demás es pura mierda fantochesca yankee y punto.
Señores festejemos a la Pachamama, embriaguémosnos y salgamos a carnavalear por las rutas, pintadas nuestras caras.
Y dejémonos de joder.
Amén.

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